Recibimos un correo electrónico preguntando cuál era nuestra teología con respecto al ladrón en la cruz. El escritor señaló que este ladrón “no tenía bautismo, ni comunión, ni confirmación, ni hablar en lenguas, ni viajes misioneros, ni voluntariado, ni ropa de iglesia. Ni siquiera podía doblar las rodillas para orar. Sin embargo, fue un ladrón el que entró en el cielo”. Es cierto que el ladrón en la cruz no podía, en su condición, hacer ninguna de las cosas mencionadas, pero con humildad de corazón hizo una simple oración de arrepentimiento: “Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. ¿Cómo surgió la idea? Creemos que en un destello de luz, el Espíritu Santo le había revelado a Cristo y le había enseñado acerca del futuro reino de gloria del Señor. La naturaleza divina del arrepentimiento del ladrón se evidencia por su confesión de su propia pecaminosidad, su confesión de la inocencia de Cristo, su fe en el poder de Cristo y su voluntad de salvarlo: lo llamó Señor y declaró su creencia de que tenía un reino; oró a Cristo, y no pidió gran cosa, sólo ser recordado: esto era humildad. Aquel ladrón en la cruz vio, de cerca y con sus propios ojos, la sangre preciosa de Cristo fluyendo por sus pecados, y creyó que lo limpiaba tan eficazmente que, en ese momento, lo hizo tan apto para entrar al paraíso como Cristo mismo.
“Luego dijo: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Jesús respondió: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso.”
Lucas 23:42-43
Centro Familiar de Adoración, 13/01/26
Tiempo Devocional – @cfabarranquilla


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