“Incluso antes de haber hecho el mundo, Dios nos amó y nos eligió en Cristo para que seamos santos e intachables a sus ojos. Dios decidió de antemano adoptarnos como miembros de su familia al acercarnos a sí mismo por medio de Jesucristo. Eso es precisamente lo que él quería hacer, y le dio gran gusto hacerlo.”
Efesios 1:4–5 NTV
La Cruz no fue un plan B. No fue la improvisación de Dios ante la caída y el fracaso del hombre. Antes de la fundación del mundo, en el consejo eterno de Dios, ya estaba determinado que la redención sería por medio de Jesucristo.
Esto significa que nuestro llamado, nuestra salvación y nuestro propósito no nacen en el tiempo, sino en la eternidad. Fuimos escogidos “en Él”. Esa pequeña expresión encierra una verdad gloriosa: todo el propósito eterno de Dios está centrado en Cristo y en Su obra redentora.
La elección no se basa en méritos humanos, sino en la gracia soberana de Dios manifestada en la Cruz. La adopción como hijos no es resultado de esfuerzo religioso, sino del sacrificio perfecto de Cristo. La santidad que Dios demanda es la santidad que Él mismo provee en Su Hijo y el creyente tiene la responsabilidad de guardar este tesoro evidenciando y manteniendo su fe en Cristo para no perder estas tremendas promesas.
El mensaje de la Cruz revela que nuestra identidad, nuestro llamado y nuestro destino eterno están unidos inseparablemente a Cristo. No vivimos para construir nuestro propio propósito; vivimos para cumplir el propósito eterno de Dios en Cristo.
Cuando entendemos que fuimos escogidos en Él antes de la creación, la vida deja de girar alrededor de nosotros y comienza a girar alrededor de Cristo.
La Cruz no solo nos salva del pecado; nos introduce en el propósito eterno de Dios.
Oremos:
Padre de toda bondad, gracias porque en Tu amor me escogiste en Cristo antes de la fundación del mundo. Ayúdame a vivir cada día consciente de que mi vida está unida a Tu propósito eterno revelado en la Cruz. Amén.
Centro Familiar de Adoración
13/02/26
Tiempo Devocional


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