“Después Abram viajó hacia el sur y estableció el campamento en la zona montañosa, situada entre Betel al occidente, y Hai al oriente. Allí edificó otro altar y lo dedicó al Señor, y adoró al Señor.”
Génesis 12:8 NTV
Cada vez que Abraham avanzaba en su caminar con Dios, edificaba un altar. El altar no era decoración espiritual. Era lugar de sacrificio, entrega y dependencia. Y cada altar en la vida de Abraham apunta proféticamente a un altar mayor: la Cruz de Cristo.
En Génesis 12:7 Abraham edifica un altar cuando Dios se le aparece. El altar era declaración visible de algo invisible: “Mi confianza no está en la tierra, sino en Dios.” El altar habla de muerte. Habla de sacrificio. Habla de sustitución. La Cruz es el altar definitivo donde el verdadero Cordero fue ofrecido.
Abraham recibió promesa, pero respondió con altar. Muchos desean promesas sin sacrificio (ignoran la Cruz de Cristo). Desean bendición sin rendición.
En Génesis 12, Abraham desciende a Egipto por causa del hambre. Pero no vemos altar en Egipto. Cuando el altar se descuida, el hombre comienza a depender de la carne y las tragedias, derrotas y el fracaso son el resultado.
Pero Génesis 13 muestra que Abraham regresó al lugar del altar. Y allí volvió a invocar el nombre del Señor.
Romanos 12:1 nos llama a presentarnos como sacrificio vivo. Pero ese llamado no es producir un sacrificio propio para ganar favor. Es responder al sacrificio perfecto ya ofrecido.
El altar en la vida de Abraham revela que la relación con Dios siempre gira alrededor del sacrificio, y ese sacrificio encuentra su cumplimiento perfecto en la Cruz. No hay comunión sin sangre. No hay acceso sin sacrificio. No hay plenitud sin altar.
Oremos:
“Padre de grandes misericordias. Deseo comunión, deseo entrada al trono de la gracia, deseo plenitud. Ayúdame a volver al altar. Deseo a Cristo. Amén”.
Centro Familiar de Adoración
04/03/26
Tiempo Devocional


Deja un comentario