“He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo.” Éxodo 17:5-6
Israel está en medio del desierto. No hay agua. El pueblo está sediento. Y otra vez aparecen la murmuración, el temor y la desesperación. Se preguntan: “¿Para qué Dios nos trajo hasta aquí?”
Pero Dios prepara una escena profundamente profética: una roca debía ser golpeada para que brotara agua. Esto no fue un simple milagro de provisión. Fue una revelación de Cristo y de la Cruz.
El apóstol Pablo lo explica claramente en 1 Corintios 10:4: “…y la roca era Cristo.”
La roca en el desierto apuntaba a Jesús. Medita en esto: el pueblo tenía sed, la roca fue herida y del lugar del golpe salió vida.
Esa es la Cruz.
Nosotros éramos el pueblo sediento: vacíos, secos, sin esperanza, sin vida espiritual. Pero Cristo fue herido. No por sus pecados (Nunca pecó, era, es y será el CORDERO PERFECTO), sino por los nuestros. Y del sacrificio de Jesús brotó lo que el hombre necesitaba desesperadamente: salvación, vida, gracia y el Espíritu Santo.
El agua no salió porque el pueblo la merecía. Salió porque la roca fue golpeada. La bendición que recibimos no viene por nuestros méritos; viene de los méritos de Cristo, porque fue golpeado en la Cruz.
No olvides esto: cada gota de gracia tiene un precio, la herida del Calvario.
Dios le dijo a Moisés que golpeara la roca una vez. Más adelante, cuando Moisés vuelve a golpearla en desobediencia, Dios lo confronta. ¿Por qué? Porque Cristo sería herido una sola vez. La biblia declara en Hebreos 10:10: “…mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.”
La obra de la Cruz es perfecta y completa. Jesús no necesita ser crucificado otra vez. La fuente ya fue abierta.
Dios no respondió a una multitud perfecta. Respondió a un pueblo necesitado. La Cruz no vino para gente que se cree fuerte o perfecta; vino para gente sedienta.
Jesús dijo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.” Juan 7:37.
La respuesta sigue siendo Cristo y su obra en la Cruz.
Oremos:
“Padre de toda bondad, me asombran tu gracia y tu amor. Veo tu fidelidad persiguiéndome cada día de mi vida. Alzo mis manos a ti en adoración y gratitud. Mi vida está en tus manos. Te amo. En Cristo Jesús, amén.”
Centro Familiar de Adoración
08/05/26
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