“Y dijeron: Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones… Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo… porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos.” 1 Samuel 8:4-7
Israel ha llegado a un momento decisivo. Durante generaciones, Dios había sido su Rey. Él los había librado de Egipto. Los había sustentado en el desierto. Había levantado jueces para rescatarlos. Pero ahora el pueblo mira a las naciones vecinas y dice: “Queremos un rey como ellas”.
Parece una petición razonable. Pero Dios ve algo más profundo. No era simplemente una petición política. Era un problema del corazón.
Israel ya tenía algo que ninguna otra nación tenía: la dirección de Dios, el cuidado de Dios y la voz de Dios.
Sin embargo, su corazón apartado evidenció su falta de amor hacia Dios. Querían un rey visible, un ejército visible y una seguridad visible, en lugar de depender del Dios invisible. Muchas veces nosotros hacemos lo mismo. Desechamos el vivir por fe en Cristo y comenzamos a vivir de acuerdo con nuestro propio criterio.
La Cruz confronta directamente este problema. Porque incluso la salvación del alma tampoco parece lógica desde una perspectiva humana. El mundo busca poder, influencia, prestigio y control. Pero Dios ofrece un Salvador y un Rey crucificado.
La Cruz nos enseña a confiar en lo que Dios ha dicho y establecido, aun cuando no lo entendemos.
Israel quería un rey según sus expectativas, pero Dios estaba preparando al Rey según Su corazón.
Las palabras de Dios son impactantes: “No te han desechado a ti, sino a mí”. El problema no era Samuel. El problema era que el pueblo ya no estaba satisfecho con el gobierno de Dios. Y aquí encontramos una advertencia para nuestro corazón: que nunca el maná nos fastidie, porque cada provisión y designio del Señor será lo perfecto para nosotros.
Israel pensó que un rey resolvería sus problemas. Pero ningún rey humano podía tratar el verdadero problema: el corazón. Nada ha cambiado hoy. Ninguna posición, ninguna persona, ningún sistema pueden ocupar el lugar que solo Cristo debe tener.
La necesidad más profunda del ser humano no es un mejor sistema. Es de un Salvador. Jesús dijo: “Mi reino no es de este mundo.” Juan 18:36.
Jesús vino como Rey, pero no como el rey que el hombre esperaba. Su reino no se estableció mediante ejércitos. Se estableció mediante la Cruz.
¿Dónde estás buscando seguridad? ¿En recursos? ¿En personas? ¿En circunstancias favorables? Israel quería algo visible porque había dejado de confiar en el Dios invisible.
La Cruz nos llama a una confianza diferente. Nos recuerda que Cristo sigue siendo Rey aun cuando las circunstancias parezcan inciertas.
Oremos:
“Padre de toda bondad, reconozco hoy a Jesús no solo como mi Salvador, sino como mi Señor. Entrego mi vida a Tus propósitos y Tus sueños para mí. Tu voluntad es perfecta para mí y es donde deseo estar. En Cristo Jesús, amén.”
Centro Familiar de Adoración
11/06/26
Tiempo Devocional


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