¿A QUIÉN QUIERES AGRADAR?

“Y tenía él un hijo que se llamaba Saúl, joven y hermoso. Entre los hijos de Israel no había otro más hermoso que él; de hombros arriba sobrepasaba a cualquiera del pueblo.” 1 Samuel 9:2

Israel pidió un rey. Y Dios les permitió tener el rey que deseaban. Cuando Saúl aparece en la escena, parece la respuesta perfecta.

Tenía la apariencia que el pueblo buscaba. Era exactamente el tipo de líder que las naciones admiraban. Pero Dios veía algo que el pueblo no podía ver.

Israel deseaba según su parecer. Dios siempre escoge de acuerdo a Su voluntad.

Con el paso del tiempo, Saúl comenzó a revelar algo: amaba más la aprobación de las personas que la obediencia a Dios. Y cuando eso ocurre, el corazón empieza a desviarse.

La historia de Saúl revela una tendencia humana que la Cruz confronta: la apariencia, el reconocimiento, el éxito visible, los aplausos y la vanagloria.

La Cruz misma parecía insignificante para muchos. No tenía la apariencia de una victoria. Sin embargo, allí estaba ocurriendo la obra más poderosa de la historia. Dios no trabaja principalmente desde lo que impresiona al hombre. Trabaja desde lo que Él establece y usa para transformar el corazón.

Saúl comenzó bien. En su humildad, reconoció sus limitaciones. Pero poco a poco empezó a confiar más en sí mismo que en Dios. Y una de las señales más claras de esa desviación aparece cuando Samuel lo confronta. Saúl estaba más preocupado por conservar su imagen que por restaurar su relación con Dios.

Uno de los versículos más reveladores de la vida de Saúl es: “Porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos.” (1 Samuel 15:24). Aquí encontramos uno de sus mayores problemas. Saúl temía más perder el favor de las personas que perder la comunión con Dios. Y ese sigue siendo un llamado para todos nosotros.

Cuando la opinión de los hombres pesa más que la voz de Dios, comenzamos a desviarnos. Pablo dijo: “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios?… Si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.” (Gálatas 1:10).

La Cruz nos libera de vivir esclavizados por la aprobación humana. Nos llama a vivir para agradar a Dios.

Saúl tenía la apariencia correcta. Pero lo que Dios buscaba era un corazón conforme al suyo. La vida cristiana no se trata de impresionar a Dios con algo que Él ya conoce. Se trata de permanecer rendidos a Cristo.

Oremos:

“Padre amado y de toda bondad, hoy me presento delante de Ti para ser un instrumento de Tu gracia y bendición. Ayúdame a darte la gloria hoy y siempre. No quiero seguir el camino de la rebelión ni de la autosuficiencia. Yo dependo de Ti y de lo que Cristo hizo en la Cruz por mí. Fortaléceme y dame sabiduría. En Cristo Jesús, amén.”

Centro Familiar de Adoración

12/06/26

Tiempo Devocional


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