“¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente, el obedecer es mejor que los sacrificios…” 1 Samuel 15:22-23
Continuamos con esta serie y final del rey Saúl.
Este fue el momento decisivo en la vida de Saúl. Dios le había dado una instrucción clara: destruir completamente a Amalec; todo era anatema.
No había lugar para negociaciones. No había excepciones. Pero Saúl decidió obedecer parcialmente. Perdonó al rey Agag y conservó lo mejor de las ovejas y las vacas.
Cuando Samuel lo confrontó, Saúl presentó una justificación aparentemente espiritual: “El pueblo perdonó lo mejor de las ovejas y de las vacas para sacrificarlas a Jehová tu Dios.” (v. 21).
Suena piadoso, parece un acto de adoración, pero Dios lo rechazó. ¿Por qué? Porque Dios nunca aceptará un sacrificio que nazca de la desobediencia y que esté fuera de los parámetros de la Cruz de Cristo.
Saúl intentó convertir su desobediencia en una ofrenda. Quiso presentar ante Dios aquello que Él ya había condenado. Lo que Dios había declarado anatema, Saúl quiso transformarlo en adoración. Pero la obediencia nunca puede ser sustituida por actividades religiosas.
Podemos predicar, cantar, servir y ofrendar, y aun así tener un corazón que no se rinde completamente a Dios.
Todo aquello que estaba bajo anatema debía ser destruido. No podía ser ofrecido. No podía ser reutilizado. No podía ser transformado en algo aceptable. Esto apunta al pecado. Dios no vino a reformarlo, no vino a administrarlo, no vino a mejorarlo, no vino a consentirlo. Cristo vino a juzgarlo y a vencerlo en la Cruz.
Saúl intentó conservar lo que Dios había condenado. Y muchas veces nosotros hacemos lo mismo. Queremos guardar áreas que Dios nos pide rendir. Intentamos ofrecer a Dios una obediencia parcial. Pero la Cruz nos llama a una entrega total.
El gran error de Saúl fue pensar que podía presentar un sacrificio mejor que la obediencia. Pero el Nuevo Testamento revela una verdad: ya no necesitamos producir sacrificios para ganar el favor de Dios, porque Dios ya proveyó el sacrificio perfecto: “…mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.” (Hebreos 10:10).
Cuando intentamos justificar nuestra desobediencia con actos religiosos, estamos menospreciando la suficiencia de la Cruz. La verdadera adoración no consiste en traer algo a Dios. Consiste en rendirnos a lo que Cristo ya hizo.
Saúl hizo mucho de lo que Dios le pidió, pero dejó intacto aquello que más deseaba conservar. Y eso fue suficiente para revelar el problema de su corazón. Quien tiene en poco la obra de la Cruz termina rechazando el único sacrificio que puede salvar. Si desechamos el sacrificio de Cristo, no queda otra ofrenda por el pecado.
Caín y Saúl compartieron un mismo error: quisieron acercarse y ofrecer a Dios a su manera, en lugar de hacerlo conforme a lo que Dios ha establecido, Cristo y su sacrificio perfecto.
Oremos:
“Padre amado y de toda bondad, gracias por la Cruz. El camino se abrió, y hoy mi dependencia descansa en esa eterna obra terminada. Mi ser se rinde a Tu voluntad, y caminar de Tu mano es mi decisión hasta que me llames a Tu presencia. En Cristo Jesús, amén.”
Centro Familiar de Adoración
16/06/26
Tiempo Devocional


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