EL PROPÓSITO DE UN MILAGRO
“Jehová Dios mío, te ruego que hagas volver el alma de este niño a él. Y Jehová oyó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él, y revivió.”
1 Reyes 17:17-24
Después del milagro de la harina y el aceite, parecería que todo era perfecto. Pero, de repente, ocurre una tragedia. El hijo de la viuda enferma gravemente y finalmente muere.
La mujer, confundida por el dolor, le dice a Elías: “¿Has venido a mí para traer a memoria mis iniquidades y hacer morir a mi hijo?” Esa es una reacción natural nuestra. Muchas veces, cuando atravesamos una pérdida, pensamos que Dios nos está castigando. Pero no era así; Dios tenía un propósito mayor.
La viuda había visto la provisión sobrenatural de Dios todos los días. La harina no escaseaba y el aceite no disminuía. Pero ahora enfrentaba algo inesperado: la muerte de su único hijo.
Hay pruebas que desafían nuestra economía. Otras desafían nuestra salud. Pero la muerte desafía toda capacidad humana (¿y de un hijo?), y solo Dios puede vencerla. Para la viuda, todo había terminado. Para Dios, apenas comenzaba la manifestación de Su poder.
Elías toma al niño en sus brazos, sube al aposento y clama al Señor. No confía en sí mismo, no realiza un ritual ni invoca un poder propio. Simplemente ora, y Dios devuelve la vida al muchacho.
Este milagro era mucho más que una demostración del poder de Dios; era una sombra profética de la obra perfecta de Jesucristo. Elías fue un instrumento para devolver temporalmente la vida a un niño, pero Cristo vino para destruir el poder de la muerte por medio de Su propia muerte en la cruz.
El hijo de la viuda volvió a vivir, pero un día volvió a morir. Jesús, en cambio, murió como el Cordero de Dios llevando nuestros pecados sobre la cruz y, al tercer día, resucitó para no morir jamás. Su victoria fue por siempre y para siempre. Allí, en la cruz, el pecado fue juzgado, Satanás fue derrotado y la muerte perdió su dominio sobre todos los que ponen su fe en Él.
¡Cuántas veces nosotros también pensamos que una situación está perdida! Sin embargo, los Evangelios están llenos de imposibles convertidos en testimonios: Lázaro salió del sepulcro; la hija de Jairo volvió a vivir; el hijo de la viuda de Naín fue levantado; pero todos esos milagros apuntaban a uno mucho mayor: la resurrección de Jesucristo, la victoria que garantiza nuestra salvación y nuestra esperanza eterna.
Después del milagro, la viuda declara: “Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad.”
Los milagros confirman la verdad del mensaje de Dios. Sin embargo, la mayor evidencia de que el evangelio es verdadero no es un milagro temporal, sino una tumba vacía. Cristo venció definitivamente al pecado, a Satanás y a la muerte, y esa victoria pertenece a todos los que creen en Él.
Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.” Él no dijo solamente que da vida; declaró que Él es la Vida. Todo lo que Elías anticipó encontró su cumplimiento perfecto en Cristo.
Quizá hoy enfrentas una situación que parece de muerte: una esperanza perdida, un matrimonio roto, una enfermedad, un hijo apartado o un sueño que parece haber terminado. Recuerda que nuestro Dios sigue dando vida donde solo hay muerte. Pero esa vida no descansa en nuestros méritos, en nuestras obras ni en nuestra fuerza. Descansa únicamente en la obra consumada de Jesucristo en la cruz. Allí fue asegurada nuestra victoria. Allí la muerte fue vencida. Allí nació nuestra esperanza eterna.
Oremos
Padre amado y lleno de bondad, hoy te damos gracias porque en Cristo Jesús nos has dado mucho más que la vida natural: nos has dado vida eterna. Gracias porque, por medio de Su muerte y resurrección, el pecado fue vencido, la muerte fue derrotada y ahora tenemos una esperanza viva. Ayúdanos a poner nuestra confianza únicamente en la obra perfecta de tu Hijo y a recordar que, aun cuando todo parezca perdido, en la cruz ya fue asegurada nuestra victoria. En el nombre de Cristo Jesús. Amén.
Centro Familiar de Adoración
14/07/2026
Tiempo Devocional


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