QUERIT Y EL DIOS DE LOS MILAGROS

“Apártate de aquí, vuélvete al oriente y escóndete en el arroyo de Querit… Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer.”

1 Reyes 17:2–7

Después de confrontar al rey Acab, cualquiera pensaría que el siguiente paso de Elías sería un gran avivamiento. Pero Dios tenía otro plan. No lo envió a predicar; le dijo: «Escóndete».

Después de una victoria pública suele venir un tiempo de soledad: un arroyo escondido. El llamado por Dios debe ser quebrantado y equipado antes de ser enviado.

Querit no era un castigo; era una escuela. Allí Elías aprendería que la obra de Dios nunca depende de las circunstancias. Cada mañana llegaban los cuervos. Cada día el arroyo seguía dando agua. No era casualidad; era la fidelidad de Dios.

Elías debía aprender a conocer y depender del Dios de los milagros. La Cruz también nos lleva a Querit. Nuestro corazón desea reconocimiento y quiere resultados a nuestra manera, pero Cristo nos llama primero a morir al yo.

Jesús pasó treinta años en el anonimato antes de iniciar Su ministerio público. Pablo pasó un tiempo en Arabia. Moisés pasó cuarenta años en el desierto. David pasó años cuidando ovejas. Y Elías pasó por Querit. Dios no tiene prisa, porque Su prioridad no es formar un ministerio exitoso, sino un corazón completamente dependiente de Él.

La Cruz nos enseña que, antes de llevar fruto, debemos aprender a morir a nuestra autosuficiencia.

Dios escogió cuervos, aves inmundas según la Ley, para sostener a Su siervo. Dios nunca prohibió que un cuervo llevara alimento; la prohibición era comer esas aves. Así dejó claro que Su provisión no depende de los recursos humanos, sino de Su soberanía. El mismo Dios que envió cuervos a Elías proveyó la salvación por medio de la Cruz, un instrumento que para muchos era símbolo de maldición y vergüenza, pero que Él transformó en el medio de redención para toda la humanidad. Dios tiene el poder de convertir aquello que parece despreciable en el instrumento de Su gloria.

Cuando Dios promete sostener a Sus hijos, puede usar los medios más inesperados. Nuestra confianza no debe estar en el instrumento; debe estar en Aquel que envía el instrumento.

El relato termina diciendo: «Después de algunos días se secó el arroyo». La provisión de Dios puede cambiar, pero Dios nunca cambia. A veces nos aferramos al arroyo, cuando deberíamos aferrarnos al Dios del arroyo.

La Cruz nos enseña a confiar en Cristo, no en los métodos que Él usa para bendecirnos.

«Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.»

Filipenses 4:19

Nuestra provisión no depende de la economía ni de las circunstancias. Depende del Dios que dio a Su propio Hijo por nosotros. El arroyo puede secarse, pero la gracia nunca se seca, porque nuestra fuente no es Querit. Nuestra fuente es Cristo y lo que hizo en la Cruz.

Oremos:

“Padre amado y de toda bondad, enséñame a depender solo de Ti. Que todo lo que a mi alrededor quiera traerme incertidumbre o derrota pierda su poder. Muéstrame a Jesús en todo tiempo, para caminar por fe y de fe en fe. Gracias porque, aunque los arroyos de esta vida puedan secarse, Tu gracia jamás se agotará. En el nombre de Cristo Jesús. Amén.”

Centro Familiar de Adoración

09/07/26

Tiempo Devocional


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