CUANDO DIOS SANA LA FUENTE

“Y los hombres de la ciudad dijeron a Eliseo: He aquí, el lugar donde está situada esta ciudad es bueno, como mi señor ve; mas las aguas son malas, y la tierra es estéril.”

2 Reyes 2:19-22

El ministerio de Eliseo comienza con un milagro que parece sencillo, pero revela una de las verdades más profundas del evangelio. Los habitantes de Jericó le presentan un problema. La ciudad era hermosa, la ubicación era excelente y todo parecía estar bien. Sin embargo, había un problema en la fuente. Las aguas eran malas y, por eso, toda la tierra era estéril.

El problema no estaba en los árboles, ni en las cosechas, ni en el terreno. El problema estaba en la fuente.

Eliseo no comenzó sembrando nuevos cultivos, no pidió mejores agricultores ni intentó corregir los síntomas. Fue directamente a la fuente, porque cuando la fuente es sanada, todo lo demás comienza a cambiar.

¡Qué tremenda verdad! Muchas veces queremos cambiar nuestra conducta sin permitir que Dios transforme nuestro corazón. Intentamos corregir los frutos, mientras Dios quiere trabajar y sanar la raíz.

Jericó representa la condición del ser humano. Podemos tener una buena apariencia, éxito, reconocimiento, religión o moralidad. Pero si la fuente está contaminada por el pecado, toda la vida termina produciendo esterilidad espiritual.

Ese fue precisamente el problema que la Ley nunca pudo resolver. La Ley podía revelar el pecado y condenar al pecador, pero no podía cambiar su naturaleza. No tenía poder para producir vida.

Por eso Cristo no vino simplemente a mejorar nuestra conducta. Vino a hacer posible un nuevo nacimiento. En la Cruz, Jesús cargó con nuestro pecado, satisfizo completamente la justicia de Dios y abrió el camino para que el Espíritu Santo pudiera impartir una nueva vida a todo aquel que cree. La Cruz no solo nos perdona; también es el fundamento sobre el cual Dios transforma el corazón.

Dijo el Señor: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.”

Ezequiel 36:26

Eliseo pidió una vasija nueva y puso sal en ella. Después arrojó la sal en el nacimiento de las aguas. Humanamente, la sal jamás podía purificar un manantial. El milagro no estaba en la sal, sino en la palabra y el poder de Dios. Eliseo declaró: “Así ha dicho Jehová: Yo sané estas aguas.”

La sal fue solamente el instrumento; Dios fue quien hizo la obra. De la misma manera, nuestra fe no descansa en un símbolo de madera, sino en Cristo y en la obra perfecta que consumó en la Cruz. Es por medio de esa obra que el Espíritu Santo puede obrar en nosotros, limpiando la fuente y produciendo una vida completamente nueva.

Vivimos en una época que ofrece muchas soluciones para cambiar la conducta. La educación puede mejorar hábitos; la disciplina puede controlar impulsos; la religión puede modificar costumbres. Pero ninguna de ellas puede cambiar la naturaleza del hombre. Solamente Jesucristo puede hacerlo.

Por eso el apóstol Pablo declaró: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” 2 Corintios 5:17

Ese es el verdadero milagro del evangelio. Dios no remienda la vieja naturaleza; Él crea una nueva. Cuando la fuente es sanada por la obra de Cristo, toda la vida comienza a dar un fruto diferente.

Oremos

Padre amado y Dios de toda gracia, te doy toda la gloria y toda la honra. Gracias porque en Cristo soy una nueva criatura y mi nombre está escrito en el Libro de la Vida. Gracias porque la obra de la Cruz no solo perdonó mis pecados, sino que abrió el camino para que Tu Espíritu transformara mi corazón. Hoy disfruto de cada beneficio de la Cruz. Soy salvo y camino hacia el cielo por los méritos de Jesucristo. En Su nombre oro. Amén.

Centro Familiar de Adoración

22/07/2026

Tiempo Devocional


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