EL HIJO QUE NOS FUE DADO

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro.” Isaías 9:6

Isaías anunció una de las verdades más gloriosas del Evangelio: “Un niño nos es nacido, hijo nos es dado.”

Como hombre, Jesús nació; pero como Hijo, Él ya existía eternamente con el Padre y fue dado por nosotros.

Miqueas también lo profetizó: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.” Miqueas 5:2

La salvación comienza con lo que Dios dio, no con lo que el hombre puede dar o hacer.

El hombre había pecado y no podía salvarse a sí mismo. Ninguna obra, esfuerzo religioso o buena intención podía solucionar el gran problema del pecado.

Entonces Dios dio a Su Hijo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…” Juan 3:16

Pero el Hijo no fue dado solamente para nacer en Belén. Fue dado para llegar hasta la Cruz y establecer el gran plan de redención.

Jesús vino a hacer por nosotros lo que jamás podríamos hacer por nosotros mismos: salvarnos, santificarnos y, muy pronto, glorificarnos. Vivió sin pecado y finalmente se entregó como el Sacrificio perfecto para pagar nuestra deuda delante de Dios.

Por eso, la vida cristiana comienza y continúa dependiendo de Cristo, hasta el día en que seamos llamados a Su presencia.

Muchas veces recibimos la salvación por fe, pero después intentamos vivir para Dios dependiendo de nuestra fuerza, disciplina o capacidad. Sin embargo, así como no pudimos salvarnos a nosotros mismos, tampoco podemos producir mediante nuestros propios esfuerzos la vida que agrada a Dios.

Todo de principio a fin depende de Cristo.

Nuestra fe debe permanecer puesta en Jesús y en lo que Él hizo por nosotros en la Cruz. Es entonces cuando el Espíritu Santo puede obrar en nosotros y producir aquello que jamás podríamos producir mediante nuestra propia fuerza.

Dios conocía perfectamente nuestra necesidad y Su respuesta fue darnos a Su Hijo.

OREMOS

Padre amado y Dios de toda gracia, gracias por haberme dado a Tu Hijo. Reconozco que no puedo salvarme ni vivir esta vida cristiana dependiendo de mis propias fuerzas. Ayúdame a mantener mi fe puesta en Jesucristo y en Su obra terminada en la Cruz. Que Tu Espíritu Santo obre cada día en mí y produzca en mi vida aquello que yo no puedo producir por mí mismo. En el nombre de Jesús. Amén.

Centro Familiar de Adoración

16 de septiembre de 2026

Tiempo Devocional


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