“Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.” Isaías 66:2
Después de recorrer algunas de las extraordinarias profecías de Isaías, llegamos a una declaración que merece toda nuestra atención.
Dios, el Creador de los cielos y de la tierra, declara que hay alguien sobre quien pone Su mirada: aquel que tiene un corazón humilde y reverencia Su Palabra.
¡Es para meditar! El Dios que sostiene el universo se interesa por el corazón de quien reconoce cuánto lo necesita.
Durante su ministerio, Isaías confrontó a un pueblo que muchas veces confundía la verdadera relación con Dios con sus actividades religiosas. Ofrecían sacrificios, celebraban sus fiestas y cumplían ceremonias, pero sus corazones estaban lejos del Señor.
Y ahora, al finalizar el libro, Dios vuelve a señalar lo verdaderamente importante: No es cuánto aparentamos delante de los hombres, sino cómo está nuestro corazón delante de Dios.
Podemos conocer muchos versículos, asistir fielmente a la iglesia, participar en diferentes ministerios y, aun así, perder la sensibilidad a Su Palabra.
Porque una cosa es escuchar la Palabra y otra muy diferente es permitir que ella confronte nuestra vida.
“Que tiembla a mi palabra.” No se trata de vivir aterrorizados, sino de tener una profunda reverencia por lo que Dios ha dicho.
Es un corazón que no busca justificar su pecado, sino que está dispuesto a reconocerlo. Un corazón que no pretende ser autosuficiente, sino que reconoce su necesidad de la gracia de Dios.
Y aquí encontramos nuevamente el fundamento del Mensaje de la Cruz.
La Cruz deja sin fundamento toda pretensión de justicia propia. Si hubiéramos podido salvarnos mediante nuestra bondad, nuestros esfuerzos o nuestra religión, no habríamos necesitado el sacrificio redentor de Cristo.
Pero Él murió porque nuestra necesidad era mucho más profunda de lo que nosotros mismos podíamos resolver. Por eso, delante de la Cruz no hay lugar para el orgullo espiritual.
Solo podemos reconocer: “Señor, todo lo que soy y todo lo que tengo es por Tu gracia.”
Y cuando nuestra fe permanece en Jesucristo y en Su obra terminada en la Cruz, el Espíritu Santo continúa obrando en nosotros, formando un corazón humilde, obediente y sensible a la Palabra de Dios.
Al concluir nuestro recorrido por Isaías, hemos contemplado la santidad de Dios, la condición pecaminosa del hombre, las maravillosas promesas del Señor y la gloriosa obra del Mesías.
Pero hoy este último pasaje nos recuerda algo fundamental: no basta con conocer lo que Dios ha dicho; necesitamos un corazón dispuesto a creerlo, recibirlo y obedecerlo.
OREMOS
Padre amado y Dios de toda gracia, gracias por todo lo que nos has enseñado a través del profeta Isaías. No permitas que mi vida cristiana se convierta en una simple rutina religiosa. Dame un corazón humilde, sensible y reverente a Tu Palabra. Que nunca confíe en mis propios méritos, sino únicamente en Jesucristo y en Su obra terminada en la Cruz. Espíritu Santo, continúa formando en mí una vida que agrade al Padre. En el nombre de Jesús. Amén.
Centro Familiar de Adoración
8 de octubre de 2026
Tiempo Devocional


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