“Y dijo Dios: Ciertamente Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Isaac; y confirmaré mi pacto con él como pacto perpetuo para sus descendientes después de él.”
(Génesis 17:19)
La historia de Isaac comienza con una palabra poderosa: la promesa de Dios. Antes de que Isaac naciera, antes de que existiera cualquier posibilidad humana, Dios ya había declarado lo que haría.
Abraham y Sara no solo eran ancianos, Sara era estéril. Humanamente era imposible que tuvieran un hijo. Sin embargo, Dios prometió que de ellos nacería un hijo por medio del cual continuaría el pacto.
Esto nos enseña que la obra de Dios no depende de la capacidad humana, sino de Su fidelidad.
Isaac no fue simplemente el resultado de un deseo humano; fue el cumplimiento de un plan divino. Dios había decidido levantar una descendencia a través de Abraham que finalmente conduciría al cumplimiento de la redención, esto es glorioso.
La promesa vino de Dios, no del hombre. Por eso la Escritura dice: “¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” (Génesis 18:14) Cuando Dios promete algo, ninguna circunstancia puede impedir su cumplimiento.
Entre la promesa y el cumplimiento pasaron muchos años. Durante ese tiempo Abraham y Sara tuvieron que aprender a confiar en Dios.
El retraso no significaba que Dios había olvidado su palabra. En realidad, Dios estaba preparando el escenario para mostrar que el milagro vendría únicamente por Su poder. La fe aprende a esperar, confiando en que Dios cumplirá lo que ha dicho. Por eso la Escritura declara: “Nosotros, hermanos, como Isaac, somos hijos de la promesa.” (Gálatas 4:28) La salvación no viene por lo que el hombre puede hacer, sino por la promesa de Dios cumplida en Jesucristo, este es el nuevo pacto. Y así como Isaac fue el hijo de la promesa, hoy nosotros también vivimos bajo la promesa más grande: la redención que Dios cumplió por medio de Jesucristo y Su obra en la Cruz.
Detrás de cada promesa hay un próposito divino y eterno.
Oremos:
“Padre de toda bondad, hoy conozco que eres Dios de pactos, Dios de promesas y que hoy experimento mejores promesas. Abre mis ojos que puedan ver lo glorioso del nuevo pacto. Quiero conocer a Jesús. Amén”
Centro Familiar de Adoración
17/03/26
Tiempo Devocional


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