“Y aconteció que, mientras uno derribaba un árbol, se le cayó el hacha en el agua; y gritó diciendo: ¡Ah, señor mío, era prestada!”
2 Reyes 6:1-7
Este milagro no ocurrió delante de reyes. No fue para detener un ejército. No fue para sanar a un general. Ocurrió mientras unos jóvenes cortaban árboles para ampliar el lugar donde vivían los hijos de los profetas.
De repente, el hierro del hacha salió del mango y cayó al fondo del río Jordán. El muchacho gritó angustiado: ¡Era prestada!
No era solo una herramienta. Representaba una deuda, pues no tenía cómo reemplazarla. Lo que había caído era imposible de recuperar.
El hierro se hundió porque esa es su naturaleza. Por más esfuerzo que hicieran, jamás volvería a la superficie por sí solo.
Esta historia retrata al hombre. El pecado nos hundió en una condición de la que no podemos salir por nuestras propias fuerzas. No importa cuánto nos esforcemos ni cuántas buenas obras intentemos hacer. No podemos salvarnos a nosotros mismos; necesitamos que Dios intervenga.
Eliseo preguntó: ¿Dónde cayó? Luego cortó un palo y lo echó en el lugar donde había caído el hierro. Entonces ocurrió el milagro: el hierro flotó. No fue el palo el que tenía poder; fue Dios obrando.
Bajo la luz del Nuevo Testamento, este milagro constituye una hermosa figura profética de la Cruz de Cristo. Aquel madero arrojado sobre las aguas señala al madero donde el Hijo de Dios derramó Su sangre por nuestra redención. Así como Dios hizo salir a flote lo que estaba irremediablemente hundido, también por medio de la Cruz (Su sangre) rescató a una humanidad perdida. Nosotros estábamos hundidos por el pecado: sin esperanza, sin fuerzas y sin posibilidad de regresar a Dios. Pero Cristo descendió hasta nuestra condición para levantarnos por Su gracia. Lo que era imposible para el hombre, Dios lo hizo posible mediante el sacrificio perfecto de Su Hijo.
Después del milagro, Eliseo no tomó el hierro. Le dijo al muchacho: Tómalo. Y él extendió su mano y lo tomó. La salvación es completamente obra de Dios, pero debe ser recibida por la fe. Cristo hizo todo lo necesario en la Cruz. Ahora el llamado del evangelio es: “Ven, cree y recibe.” Es una invitación para todos.
Podría parecer un milagro insignificante comparado con otros. Pero para aquel joven era un gran problema, y Dios intervino. ¡Qué consuelo! Nuestro Padre celestial no solo se ocupa de los grandes acontecimientos; también conoce nuestros detalles.
Jesús dijo que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados. Nada de lo que nos preocupa es demasiado pequeño para Su cuidado.
«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.» Ese es el verdadero significado del evangelio. Cristo vino a rescatar lo que jamás habría podido rescatarse por sí mismo.
La Cruz demuestra que no existe una caída tan profunda que la gracia de Dios no pueda alcanzar. Porque la última palabra siempre pertenece a la gracia de Dios
Oremos
Padre amado y Dios de toda gracia, gracias porque cuando estaba perdido, Tú me buscaste. Gracias por rescatarme de lo más vil y menospreciado. Gracias por sacarme de las aguas de la muerte y del pecado, y por levantarme del lodo cenagoso mediante la obra perfecta de Tu Hijo en la Cruz. Ayúdame a vivir cada día confiando únicamente en Cristo y en lo que Él hizo por mí. En el nombre de Jesús. Amén.
Centro Familiar de Adoración
05/08/2026
Tiempo Devocional


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