DE LO QUE FUI LIBRADO

“Te he ungido por rey sobre Israel.” 2 Reyes 9:6

Después de tantos acontecimientos en el ministerio de Eliseo, llegamos ahora a un momento decisivo. Dios había determinado poner fin a la casa de Acab.

La idolatría, la injusticia y la persecución contra los profetas habían alcanzado un límite. Entonces Eliseo envía a uno de los hijos de los profetas para ungir secretamente a Jehú como rey.

Dios iba a ejecutar juicio sobre una casa que había persistido deliberadamente en el pecado.

Durante mucho tiempo pareció que Acab y Jezabel podían hacer lo que quisieran. Jezabel había participado en la muerte de Nabot para quedarse con su viña y complacer a Acab. Parecía que no había consecuencias, pero Dios había hablado, y lo que Dios había anunciado años atrás finalmente comenzó a cumplirse.

Atento a esto: el hecho de que Dios tarde en ejecutar Su juicio no significa que lo haya olvidado. La paciencia de Dios no debe confundirse con la aprobación del pecado.

Nunca olvidemos que Dios es santo y que necesariamente juzga el pecado. Pero en la Cruz vemos algo extraordinario: Dios no ignoró nuestro pecado; lo juzgó en Cristo.

Isaías había profetizado: “Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” Isaías 53:6

La Cruz demuestra simultáneamente dos cosas: la gravedad del pecado y la grandeza de la gracia.

Si el pecado fuera algo insignificante, Cristo no habría tenido que morir. Si la gracia no fuera suficiente, Cristo no habría podido llevar nuestro pecado y reconciliarnos con Dios.

Acab recibió advertencias Jezabel recibió oportunidades. Israel recibió profetas. Dios habló repetidamente, pero llegó el momento en que el juicio comenzó.

Esto debe producir temor reverente en nuestro corazón. No debemos jugar con aquello por lo cual Cristo tuvo que morir.

La gracia de Dios no es licencia para pecar. La gracia nos libera del dominio y del poder del pecado para que podamos vivir para Dios.

Para el que rechaza persistentemente a Dios, el juicio es inminente. Pero para aquel que cree en Cristo existe una noticia gloriosa: Cristo ya llevó nuestro juicio.

Romanos 8:1 declara: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.” Esto no significa que el pecado no sea grave. Significa que, para aquel que está en Cristo, la condenación ya fue tratada en Él. Por eso, nuestra seguridad no está en nuestra perfección ni en nuestra capacidad, sino en la obra perfecta de Jesús.

Romanos 5:9 dice: “Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.” La sangre de Cristo es nuestra única esperanza delante del juicio de Dios. No nuestras obras, no nuestra religión, no nuestros méritos; solo Su sangre.

Nunca tomes a la ligera el pecado, pero tampoco vivas bajo condenación cuando has puesto tu fe en Cristo. Mira constantemente hacia la Cruz. Allí puedes ver la santidad de Dios; allí puedes ver la gravedad del pecado; pero también allí puedes contemplar la grandeza de la gracia.

No fui librado porque el pecado fuera poca cosa; fui librado porque Cristo tomó sobre Él aquello que yo merecía. El juicio que merecíamos cayó sobre Cristo, para que nosotros pudiéramos recibir la misericordia que no merecíamos.

Oremos

Padre amado y Dios de toda gracia, gracias por este día que nos regalas. Hoy me presento delante de Ti, confiando en la obra perfecta de Cristo y en el poder de Su sangre. Gracias porque en Cristo no hay condenación para los que creen en Él. Ayúdame a nunca tomar el pecado a la ligera y a caminar cada día dependiendo de la Cruz y de Tu gracia.

Seguiré caminando de Tu mano cada día, confiando en Jesús y en lo que Él hizo por mí en la Cruz. En el nombre de Jesús. Amén.

Centro Familiar de Adoración

13/08/2026

Tiempo Devocional


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