“Y el Espíritu de Jehová vino sobre Sansón, quien despedazó al león como quien despedaza un cabrito…” Jueces 14:5-6
Sansón comienza a manifestar el llamado que Dios había puesto sobre su vida. El Espíritu de Dios viene sobre él con poder. Derrota un león. Derrota enemigos. Realiza hazañas extraordinarias. Desde afuera, parece un hombre invencible.
Pero mientras su fuerza exterior crece, el hombre interior no está creciendo al mismo ritmo que su poder.
Sansón tenía fuerza, pero la fuerza no siempre es sinónimo de madurez. Tenía un llamado, pero el llamado no reemplaza el carácter. Tenía victorias públicas, pero también había luchas privadas.
Aquí encontramos una de las lecciones más importantes del libro de Jueces: una persona puede experimentar el poder de Dios y aun así descuidar su relación con Dios.
La Cruz nos enseña algo que Sansón necesitaba aprender: Dios no nos llamó a ser poderosos; nos llamó a depender de Cristo.
El peligro espiritual aparece cuando comenzamos a vivir de experiencias pasadas, victorias anteriores o dones recibidos, en lugar de vivir en una dependencia diaria de la gracia. La fortaleza cristiana no consiste en cuánto podemos hacer. Consiste en cuánto permanecemos unidos a Cristo.
Sansón podía vencer leones, pero todavía no había aprendido a gobernar ciertos deseos de su corazón. Y muchas veces esa es la batalla más difícil.
Es más fácil derrotar un enemigo visible que enfrentar una debilidad interna. La Cruz no solo trata con enemigos externos; la Cruz trata con el corazón del hombre. Dios no quiere solamente que ganemos batallas. Quiere llevarnos a la estatura del Varón Perfecto: Cristo. Esta es la obra de la gracia en cada creyente.
A medida que avanza la historia de Sansón, vemos una tendencia peligrosa: tomaba decisiones basadas en lo que veía y deseaba.
Su fuerza física era enorme, pero su vida espiritual estaba siendo descuidada.
Por eso el fundamento de la Cruz es tan importante, porque la Cruz nos enseña a rendir continuamente nuestros deseos, nuestro orgullo, nuestras ambiciones y nuestra autosuficiencia. “Porque separados de mí nada podéis hacer.” Juan 15:5
La verdadera fortaleza no proviene de nuestros recursos. Proviene de permanecer en Cristo.
Quizá Dios te ha bendecido con talentos, oportunidades o victorias. Pero la pregunta más importante no es: “¿Qué tan fuerte eres?”. La pregunta es: “¿Qué tan dependiente eres de Cristo?”.
Porque una gran capacidad sin una profunda dependencia puede convertirse en una gran debilidad.
Oremos:
“Padre de toda bondad, hoy declaro con mis labios que creo y dependo de Cristo y de Su obra en la Cruz. Me rindo completamente para oír Tu voz y ser fortalecido en el hombre interior. Llévame de Tu mano siempre. En Cristo Jesús, amén.”
Centro Familiar de Adoración
03/06/26
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