DESDE EL FUEGO

“Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza… y dijo: Yo soy el Dios de tu padre… he visto la aflicción de mi pueblo… y he descendido para librarlos.” Éxodo 3:2-10

El clamor ya había subido. La aflicción era real. Y ahora, Dios comienza a responder llamando a un hombre.

Moisés no estaba en un púlpito. No estaba liderando. Estaba en el desierto, cuidando ovejas, en un aparente anonimato. Pero es allí donde Dios lo encuentra.

Una zarza que arde… pero no se consume. Esto no es un detalle más. Es una revelación. El fuego habla de la santidad de Dios. La zarza (algo débil, común, insignificante) representa al hombre.

¿Cómo puede la zarza arder sin consumirse? Porque la única forma en que el hombre puede estar en la presencia del Dios santo sin ser consumido es estar revestido de la obra redentora de Cristo.

La Cruz es el lugar donde la santidad de Dios no se compromete y el pecador no es destruido ni consumido.

Dios le dice a Moisés: “Quita el calzado de tus pies…” Esto habla de reverencia, pero también de quitar lo humano, lo propio, lo que el hombre produce.

Porque el llamado de Dios no se sostiene en la capacidad del hombre; se sostiene en la gracia de Dios. Dios le dice: “He visto… he oído… he descendido… y te envío.”

Moisés no es el libertador; es el instrumento del Libertador. Esto apunta directamente a Cristo. Moisés es figura, pero Jesús es el cumplimiento. Porque en la Cruz, Dios no solo “envió a alguien”; Él mismo descendió en la persona de su Hijo para libertar al hombre.

Moisés comienza a resistir el llamado: “¿Quién soy yo?” “No soy elocuente…” “Envía a otro…” Cuando el hombre mira su capacidad, siempre se sentirá insuficiente. Porque el llamado de Dios nunca ha sido diseñado para depender del hombre, sino de Su gracia.

Dios no le responde exaltando a Moisés; le responde con una promesa: “Yo estaré contigo.” Y esto era, es y debe ser lo suficiente.

La Cruz no solo salva; te capacita para su propósito. Dios al que llama, capacita, y al que capacita, lo envía.

Oremos:

“Padre de toda bondad, a ti entrego mi vida y todos mis días. En medio de toda adversidad, quiero ser avivado en tu fuego santo. Quiero arder por tu presencia, y que ese fuego purifique más y más mi alma. Aquí me rindo; deseo servirte. Amén.”

Centro Familiar de Adoración

30/04/26

Tiempo Devocional


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *