«Eliseo le dijo: El año que viene, por este tiempo, abrazarás un hijo. Y ella dijo: No, señor mío, varón de Dios, no hagas burla de tu sierva.»
2 Reyes 4:16
La mujer sunamita era una mujer notable. Había abierto las puertas de su casa para servir al profeta Eliseo. Sin que nadie se lo pidiera, preparó un aposento para que descansara cuando pasara por Sunem.
No buscaba una recompensa; servía por amor a Dios. Al observar su generosidad, Eliseo quiso hacer algo por ella y descubrió una necesidad profunda: no tenía hijos y su esposo ya era anciano.
Humanamente, aquella esperanza había muerto hacía mucho tiempo. Entonces Dios habló: “El año que viene, por este tiempo, abrazarás un hijo.” La respuesta de la mujer revela cuánto había sufrido: “No hagas burla de tu sierva.” Pero Dios estaba a punto de hacer lo imposible.
La sunamita nunca pidió un hijo. No presentó una petición ni reclamó una promesa. Había guardado ese dolor en silencio. Pero Dios conocía aquello que nadie más conocía.
¡Qué consuelo saber que el Señor ve las lágrimas que otros no ven! Él conoce las oraciones que nunca hemos podido expresar con palabras. Nada permanece oculto delante de Él.
La Biblia está llena de nacimientos milagrosos. Isaac nació cuando Abraham y Sara ya no tenían esperanza. Samuel nació después del clamor de Ana, que era estéril. Juan el Bautista nació cuando Elisabet ya era anciana.
Cada uno de estos nacimientos anunciaba una verdad mayor. Finalmente nació Jesucristo, no como resultado de la capacidad humana, sino por la obra sobrenatural del Espíritu Santo.
Con Cristo comprendemos que la salvación tampoco nace del esfuerzo humano. Nace exclusivamente de la gracia de Dios. Así como la sunamita recibió un hijo que no podía producir por sus propias fuerzas, nosotros recibimos la vida eterna que jamás habríamos podido alcanzar por nuestros propios méritos.
Fue en la cruz donde Cristo aseguró para nosotros todas las promesas de Dios. Allí pagó nuestra deuda, venció el pecado, derrotó a Satanás y abrió el camino para que toda bendición espiritual llegara a quienes ponen su fe únicamente en Él. La cruz es la garantía eterna de que Dios siempre cumple lo que promete. ¡Sublime gracia!
La promesa parecía imposible. La edad decía que no, la lógica decía que no y la experiencia decía que no. Pero Dios nunca ha estado limitado por nuestras circunstancias. Cuando Él promete, también tiene el poder para cumplir.
La fe no consiste en ignorar las dificultades ni en negar la realidad. Consiste en confiar en la Palabra de Dios y descansar en la obra perfecta de Cristo.
Lo más triste de la historia no era que la mujer no tuviera hijos. Era que había dejado de esperar. El dolor prolongado muchas veces apaga la esperanza. Pero Dios tiene el poder para cumplir sus propósitos y resucitar la esperanza.
«Porque todas las promesas de Dios son en Él Sí, y en Él Amén.» (2 Corintios 1:20). Cada promesa encuentra su cumplimiento definitivo en Jesucristo. Él es la garantía de la fidelidad de Dios. Si Dios no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas? (Romanos 8:32).
Oremos
Padre amado y Dios de toda gracia, enséñame a esperar. Mientras mi alma se deleita en adorarte, alabarte y servirte con amor, trae a cumplimiento todo aquello que has prometido para mi vida. Gracias porque la cruz es la garantía de tu amor, de tu fidelidad y del cumplimiento de todas tus promesas. En el nombre de Jesús. Amén.
Centro Familiar de Adoración
27/07/2026
Tiempo Devocional


Deja un comentario