“Pero Josaba, hija del rey Joram, hermana de Ocozías, tomó a Joás hijo de Ocozías, y lo arrebató de entre los hijos del rey que se mataban, y lo ocultó de delante de Atalía…”
2 Reyes 11:2
La historia parece estar llegando a su fin. Atalía (la unica mujer que gobernó como reina de Judá, hija de Acab y Jezabel) había visto morir a su hijo Ocozías y tomó el poder. Entonces hizo algo terrible: intentó destruir toda la descendencia real, el linaje de David.
Parecía que la línea de David estaba a punto de desaparecer. Pero había un niño que Atalía no conocía: Joás. Josaba (tía de Joás) lo tomó y lo escondió junto con su nodriza en la casa de Jehová durante seis años.
Atalía pensaba que había destruido la descendencia real, pero Dios estaba preservando Su promesa.
Durante seis años, el niño Joás permaneció escondido. Nadie veía lo que Dios estaba haciendo. La promesa parecía estar en silencio, pero el silencio de Dios no significaba que Su propósito hubiera terminado.
Dios había prometido a David que su descendencia tendría un reino. Y Dios iba a preservar esa línea. El enemigo podía atacar. Atalía podía intentar destruir, pero ningún poder humano podía cancelar el plan de Dios.
Aquí encontramos a Cristo. Dios había prometido que de la descendencia de David vendría el Rey eterno. El propósito de Dios fue atacado una y otra vez, pero Dios preservó la línea mesiánica.
Finalmente, Jesús nació de la descendencia de David. Fue perseguido desde Su nacimiento; Herodes intentó matarlo. Los líderes religiosos conspiraron contra Él. Fue entregado para morir y parecía que todo había terminado en una cruz. Pero la Cruz no fue el final.
Al tercer día, Cristo resucitó. La tumba no pudo detenerlo, la muerte no pudo retenerlo y el enemigo no pudo destruir el propósito de Dios.
Durante seis años, Joás estuvo escondido. Nadie estaba celebrando su reinado. No había corona, no había trono, no había reconocimiento. Pero la promesa se cumpliría.
Hay temporadas en las que parece que Dios está en silencio. No vemos avances, no entendemos lo que está ocurriendo y nos preguntamos: “¿Dónde estás, Dios?”
Recuerda a Joás. La promesa estaba escondida, pero no estaba muerta.
Atalía representa una rebelión abierta contra el propósito de Dios. Quería controlar el reino y eliminar aquello que amenazaba su posición. Pero finalmente, el verdadero heredero apareció.
Cuando Joás fue presentado, el pueblo gritó: “¡Viva el rey!” Atalía gritó: “¡Traición! ¡Traición!”
Pero no era traición. Era el cumplimiento del propósito de Dios.
Pablo dice acerca de Cristo: “…acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne.” Romanos 1:3
La historia de Joás nos recuerda que Dios estaba preservando algo mucho mayor: la línea que conduciría al Mesías. Todo apuntaba hacia Cristo.
Y cuando llegamos al Nuevo Testamento, encontramos al Hijo de David, el Rey verdadero, el Salvador, Aquel que moriría en la Cruz por nuestros pecados.
Lo que Dios promete, Él sabe cómo preservarlo.
Puede haber momentos de silencio. Puede haber temporadas en las que no vemos lo que Dios está haciendo. Puede parecer que todo está perdido. Pero si Dios hizo la promesa, el silencio no significa que haya terminado.
La promesa puede estar escondida, pero no está muerta, en el tiempo de Dios se cunplirá.
OREMOS
Padre amado y Dios de toda gracia, perdóname cuando he pensado que estás lejos o que no escuchas mi oración. Ayúdame a recordar siempre que Tu cuidado y Tus promesas siguen en pie. Cuando no pueda ver lo que estás haciendo, ayúdame a confiar en Ti. En Ti confío y en Ti descanso. Gracias porque ningún poder puede cancelar aquello que Tú has determinado cumplir. En el nombre de Jesús. Amén.
Centro Familiar de Adoración
19/08/2026
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