“Aconteció que, cuando habían pasado, Elías dijo a Eliseo: ‘Pide lo que quieras que haga por ti antes que yo sea quitado de ti’. Y dijo Eliseo: ‘Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí.’”
2 Reyes 2:1-15
Después de años caminando juntos, había llegado el momento de la partida de Elías. Dios lo llevaría al cielo en un torbellino. Pero, antes de irse, le hizo una última pregunta a Eliseo: «¿Qué quieres que haga por ti?»
Eliseo no pidió riquezas ni fama. Pidió una doble porción del Espíritu que había visto obrar en Elías. Había entendido cuál era el verdadero secreto de su ministerio. No era el hombre; era Dios.
Cuando Elías fue llevado al cielo, su manto cayó. Eliseo lo recogió, golpeó las aguas del Jordán y el río volvió a abrirse. El manto era solamente un símbolo. El verdadero poder provenía del Espíritu de Dios.
Los hombres pasan, las generaciones cambian y los ministerios terminan, pero Dios permanece para siempre.
Esto es un cuadro perfecto de Jesucristo. Después de completar Su obra en la Cruz y resucitar, Jesús ascendió al Padre. Pero no dejó huérfanos a Sus discípulos. Les prometió el Espíritu Santo.
«Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros.» Juan 16:7
Así como la partida de Elías dio paso al ministerio de Eliseo, la ascensión de Cristo dio paso al derramamiento del Espíritu Santo.
Pero hay una gran diferencia: Elías dejó un manto; Cristo dejó Su Espíritu.
Y el Espíritu Santo no vino para dirigir la atención hacia sí mismo. Vino para glorificar a Cristo y aplicar en nosotros los beneficios de la Cruz.
En el Antiguo Testamento, la doble porción era el derecho del hijo primogénito. Eliseo no estaba pidiendo ser más poderoso que Elías. Estaba diciendo: «Quiero continuar la obra que Dios comenzó a través de ti.»
La herencia de la Iglesia no son métodos, ni nombres, ni tradiciones. Nuestra herencia es Cristo crucificado y resucitado, y el Espíritu Santo obrando en quienes ponen su fe en Él.
A lo largo de la historia, muchas personas han puesto su confianza en objetos, líderes, tradiciones o experiencias. Pero el poder nunca ha estado en un manto. Nunca ha estado en un hombre. El poder siempre ha estado en Dios. Y hoy ese poder se manifiesta por medio del Espíritu Santo, quien obra sobre el fundamento inmutable de la Cruz.
El poder prometido a la Iglesia no nace del esfuerzo humano. Es el resultado de la obra consumada de Cristo y del Espíritu Santo habitando en los creyentes.
«Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo…»
Hechos 1:8
Oremos
Padre amado y Dios de toda gracia, en este día pongo mi mirada únicamente en Jesús y en Su Cruz. Oro por un gran mover de Tu Espíritu sobre mi vida. Mi anhelo es permanecer dentro de Tus planes y propósitos, viviendo cada día conforme a Tu voluntad y dependiendo de la obra perfecta de Cristo. Que Tu Espíritu me fortalezca para glorificarte en todo lo que haga. En el nombre de Cristo Jesús. Amén.
Centro Familiar de Adoración
21/07/2026
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