“Y cuando los sacerdotes salieron del santuario, la nube llenó la casa de Jehová… Pero, ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?” 1 Reyes 8:10-13, 27
Después de siete años de construcción, Salomón termina el templo. Es el día más glorioso de su reinado. Cuando los sacerdotes introducen el arca del pacto, la gloria de Dios llena el templo. La nube de Su presencia desciende con tal poder que los sacerdotes no pueden permanecer ministrando. Era una manifestación visible de que Dios se agradaba de aquel lugar como el centro de adoración de Israel.
Pero, en medio de esa gloria, Salomón declara: “¿Es verdad que Dios morará sobre la tierra?”. Salomón entendía que el templo era demasiado pequeño para contener al Dios Todopoderoso.
Desde ese mismo día, el Espíritu Santo estaba señalando que el templo era solo una sombra de algo mucho más grande.
El templo era hermoso, pero no era el destino final del plan de Dios. Cada parte del templo anunciaba al Mesías: el altar de los sacrificios, el lavacro, el candelero, la mesa de los panes, el altar del incienso, el velo, el Lugar Santísimo y el arca del pacto. Todo apuntaba hacia Cristo.
El templo nunca fue el centro. Cristo siempre fue el centro del plan de Dios. Cuando Jesús vino, declaró algo que desconcertó a los judíos: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.” (Juan 2:19-21). Ellos pensaban en el edificio. Jesús hablaba de Su cuerpo.
Aquí la sombra encuentra su cumplimiento. El verdadero templo no era una construcción de piedras. Era Cristo mismo. En Él habitó corporalmente toda la plenitud de Dios.
Y cuando murió en la Cruz, ocurrió otro acontecimiento extraordinario: “Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo…” (Mateo 27:50-51).
El velo representaba la separación entre un Dios santo y un hombre pecador. Nadie podía entrar libremente al Lugar Santísimo. Solo el sumo sacerdote, una vez al año, con sangre.
Pero cuando Cristo murió, el verdadero sacrificio fue ofrecido. Ya no hacía falta otro altar. Ya no hacía falta otro cordero. Ya no hacía falta otro templo. La Cruz abrió el acceso a la presencia de Dios para siempre.
Después de la resurrección, Dios hizo algo aún más glorioso. Su presencia ya no habita en edificios. Habita en Su pueblo. “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16).
¡Qué privilegio! La gloria que descendió sobre el templo de Salomón ahora mora en cada creyente por medio del Espíritu Santo. Todo esto fue posible gracias a la obra perfecta de Cristo en la Cruz.
Dios no habita en un templo de piedra. La iglesia no es el edificio. La Iglesia es el pueblo redimido por la sangre de Cristo.
Oremos:
“Padre amado y de toda bondad, cada día me afirmo en Tu verdad. Hoy deseo que Tu gloria visite mi vida cada día. Haz de mi corazón Tu habitación para siempre. Gracias por mostrarme el camino y por abrirme el acceso a Tu presencia por medio de Cristo. En Cristo Jesús, amén.”
Centro Familiar de Adoración
01/07/26
Tiempo Devocional


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