“Así se apartó Israel de la casa de David hasta hoy.” 1 Reyes 12:12-20
Con la muerte de Salomón, Israel tenía la gloria y la prosperidad que Dios le había dado. Pero la rebelión llegó a su punto más alto y el reino se dividió. Diez tribus siguieron a Jeroboam (funcionario de Salomón). Dos tribus permanecieron con Roboam (hijo de Salomón).
Lo que David había unificado y Salomón había consolidado quedó roto. Pero esta división no comenzó en una asamblea. Comenzó mucho antes, en un corazón que se apartó de Dios.
Roboam recibió un consejo sabio de los ancianos: “Si hoy sirvieres a este pueblo… ellos te servirán para siempre.” Pero decidió escuchar a los jóvenes que habían crecido con él. Escogió el orgullo en lugar de la humildad; la dureza, en lugar del servicio; el poder, en lugar del amor. Y el resultado fue un reino dividido.
Los efectos del pecado son terribles. La división del reino declara una verdad que confirma toda la Biblia: el pecado carcome, destruye, el pecado separa.
Separó al hombre de Dios en el Edén. Separó a Caín de Abel. Separó a José de sus hermanos. Separó al reino de Israel. Pero la Cruz vino a hacer exactamente lo contrario. Cristo vino a reconciliar y a salvar lo que estaba perdido.
Donde el pecado divide, la Cruz une. Donde el orgullo levanta muros, la gracia construye puentes. Donde la rebelión causa distancia, Cristo trae reconciliación.
Roboam perdió gran parte del reino. Jesús vino a reunir un pueblo de todas las naciones.
Roboam gobernó con dureza. Cristo dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.”
Roboam impuso cargas más pesadas. Jesús dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados.”
¡Qué diferencia entre ambos reyes! Uno dividió al pueblo. El otro dio Su vida para formar un solo pueblo redimido.
Jeroboam también cometió un grave error. Temiendo perder el control del pueblo, levantó becerros de oro en Betel y Dan. No quería que Israel fuera a Jerusalén a adorar. Entonces creó una religión más cómoda, más adaptada a sus intereses. Pero era una adoración falsa.
Esto sigue ocurriendo hoy. Siempre existe la tentación de construir una fe que acomode al hombre en lugar de llevarlo al arrepentimiento. Una fe sin obediencia. Una fe sin santidad. Un cristianismo sin Cruz. Pero el evangelio no puede separarse de la Cruz, porque sin la Cruz no hay reconciliación, ni perdón, ni verdadera adoración.
No permitas que el pecado divida lo que Dios quiere restaurar. Cristo sigue teniendo la misma respuesta: la reconciliación por medio de Su sangre.
Oremos:
“Padre amado y de toda bondad, me siento tan agradecido de ver la luz, de estar unido a Cristo, de ser parte del nuevo pacto, de tener la esperanza bienaventurada y de permanecer siempre en Tu mano. En Cristo Jesús, amén.”
Centro Familiar de Adoración
03/07/26
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