“Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas.” Isaías 6:6
¡Qué tremenda visión del Señor tuvo Isaías! Contempló Su gloria y escuchó a los serafines proclamar: “¡Santo, santo, santo!”
Pero mientras Isaías contemplaba la santidad de Dios, también quedó expuesta su propia condición: “¡Ay de mí!… siendo hombre inmundo de labios.” Isaías 6:5
Aquí encontramos una gran verdad: ¿para qué necesito un Salvador si no reconozco que estoy perdido? ¿Para qué necesito que Dios me santifique si pienso que estoy bien como estoy y que basta con intentar hacer las cosas a mi manera?
Antes de poder decir: “Heme aquí, envíame a mí”, Isaías tuvo que reconocer: “Soy inmundo.”
Entonces uno de los serafines tomó un carbón encendido del altar, tocó sus labios y declaró que su culpa había sido quitada y su pecado perdonado.
El altar nos recuerda una verdad fundamental: el pecado no puede ser tratado a nuestra manera; necesita un sacrificio. Así lo estableció Dios. Y ese sacrificio encuentra su cumplimiento perfecto en nuestro Señor Jesucristo y Su obra en la Cruz.
En nosotros no está la capacidad de limpiarnos para luego presentarnos aceptables delante de Dios. Cristo llevó nuestro pecado sobre Sí mismo y pagó el precio en la Cruz. Allí nuestra culpa fue tratada; allí encontramos perdón, gracia y reconciliación con Dios.
Solo después de que el pecado de Isaías fue tratado, escuchó la voz del Señor preguntando: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?” Entonces pudo responder: “Heme aquí, envíame a mí.”
Este orden es importante. No servimos a Dios para ser aceptados ni para ganar Su favor. Servimos a Dios porque, por medio de Cristo, hemos recibido gracia y hemos sido aceptados.
Nuestro llamado, nuestros dones y nuestro servicio no nacen de nuestros méritos ni de nuestra capacidad, sino de lo que Jesús hizo por nosotros en la Cruz.
Antes del “envíame”, estuvo el altar. Antes del servicio, estuvo la gracia. Antes de nuestro llamado, estuvo Su sacrificio.
OREMOS
Padre amado y Dios de toda gracia, abre mis ojos como abriste los de Isaías. Anhelo contemplar Tu santidad y reconocer cuánto necesito de Tu gracia. Gracias, mi Salvador, por llevar mi pecado y mi culpa en la Cruz. Que mi servicio nunca sea un intento por ganar Tu favor, sino una respuesta de amor y gratitud por todo lo que has hecho por mí. Aquí estoy, Señor; úsame para Tu gloria y cumple Tu propósito en mi vida. En el nombre de Jesús. Amén.
Centro Familiar de Adoración
11 de septiembre de 2026
Tiempo Devocional


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