NO SUELTES LA PROMESA

«Y ella dijo: Vive Jehová, y vive tu alma, que no te dejaré.»

2 Reyes 4:30

Años después del nacimiento del hijo prometido, ocurrió lo inesperado. El muchacho salió al campo con su padre. De repente comenzó a decir: “¡Mi cabeza, mi cabeza!”.

Horas más tarde murió en los brazos de su madre. La promesa de Dios parecía haber terminado, lo que Dios había dado, ahora parecía haberlo quitado.

Pero la respuesta de la sunamita es única. No organizó un funeral, no perdió el control ni culpó a Dios. Subió al niño al aposento del profeta, cerró la puerta y salió inmediatamente a buscar a Eliseo.

Cuando Giezi le preguntó: “¿Te va bien? ¿Le va bien a tu marido? ¿Le va bien al niño?”, ella respondió: “Bien”. No estaba negando la realidad; estaba confesando que su confianza seguía puesta en Dios, aun cuando no entendía lo que estaba sucediendo.

La sunamita no comprendía el propósito de Dios, pero decidió aferrarse al Dios de la promesa más que a la promesa misma. Esa es la diferencia entre una fe emocional y una fe madura.

Este relato apunta a la Cruz. Dios Padre también entregó a Su Hijo. Los discípulos también vieron morir la Promesa. En la cruz parecía que todo había terminado; las esperanzas quedaron sepultadas. Pero el domingo de resurrección demostró que Dios nunca abandona Sus promesas. Lo que parecía una derrota era, en realidad, el camino hacia la mayor victoria de la historia.

La muerte del hijo de la sunamita fue revertida por el poder de Dios. La muerte de Cristo fue vencida definitivamente por la resurrección. Y gracias a ello, todas las promesas de Dios permanecen firmes.

Cuando Eliseo intentó enviar a Giezi con su báculo, la mujer respondió: “No te dejaré”. Ella entendía que necesitaba más que un símbolo; necesitaba la presencia del hombre de Dios. ¡Qué enseñanza para nosotros! Muchas veces buscamos fórmulas, métodos u objetos, pero nuestra necesidad más profunda siempre será Cristo mismo.

No basta con conocer acerca de Él; necesitamos permanecer unidos a Él. La Cruz no nos dio simplemente una doctrina; nos reconcilió con Dios.

Eliseo oró, luego se tendió sobre el niño y, finalmente, el muchacho estornudó siete veces y abrió los ojos. Fue un milagro extraordinario, pero seguía siendo temporal: aquel niño volvería a morir algún día. Por eso este milagro señalaba hacia otro mucho mayor. Cristo no solo resucitó a otros; Él resucitó para no morir jamás, y todo aquel que está unido a Él participará de esa misma victoria.

La Cruz es la garantía de que Dios nunca dejará incompleta Su obra. Si entregó a Su propio Hijo por nosotros, también cumplirá todas Sus promesas. Dios sigue teniendo la última palabra.

Oremos

Padre amado y Dios de toda gracia, en Ti he puesto mi confianza. No quiero soltar los propósitos que Tú has preparado para mi vida. Dame sabiduría, entendimiento y una pasión constante por permanecer aferrado a la Cruz. En el nombre de Jesús. Amén.

Centro Familiar de Adoración

28/07/2026

Tiempo Devocional


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