“SEÑOR, ACUÉRDATE DE MÍ”

“Entonces clamó Sansón a Jehová, y dijo: Señor Jehová, acuérdate ahora de mí, y fortaléceme, te ruego, solamente esta vez…” Jueces 16:28

La historia de Sansón parece haber terminado. El hombre que una vez hizo temblar a los filisteos ahora está ciego, encadenado, humillado y exhibido como trofeo de derrota.

Todo aquello en lo que había confiado se ha derrumbado. Ya no hay fuerza. Ya no hay reconocimiento. Ya no hay fama.

Solo queda Dios. Y es precisamente allí donde comienza la restauración.

Durante años, Sansón había confiado demasiado en aquello que Dios le había dado. Pero ahora no tiene nada. Y cuando ya no tiene nada, descubre algo que había olvidado: la fuente nunca fue su cabello. La fuente siempre fue Dios.

Este es uno de los momentos más importantes de toda la historia, porque el hombre fuerte finalmente aprende a depender.

La Cruz nos enseña que el camino de regreso siempre comienza con el reconocimiento de nuestra necesidad y de lo que realmente somos.

Sansón había intentado vivir apoyado en sus dones. Ahora clama desde su quebranto. No exige, no presume, no negocia. Simplemente dice: “Acuérdate de mí”.

Qué diferente es este Sansón del que jugaba con el pecado pensando que siempre tendría el control. Ahora hay humildad. Ahora hay dependencia. Ahora hay rendición.

Hay un detalle que no puede pasar desapercibido. Unos versículos antes, en Jueces 16:22, leemos: “Y el cabello de su cabeza comenzó a crecer…” El cabello no era la fuente de poder, pero sí era una señal de algo más profundo: Dios no había terminado con él.

La gracia seguía obrando. Y esto apunta directamente a la Cruz, porque el evangelio no enseña que Dios ama solamente a quienes nunca fallan.

El evangelio enseña que hay restauración para quien vuelve a Él.

La oración de Sansón recuerda el clamor de otro hombre: “Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Lucas 23:42). Era un ladrón crucificado. Sin méritos. Sin obras que presentar. Solo podía apelar a la misericordia. Y Jesús respondió con gracia.

Lo mismo vemos aquí. Cuando Sansón ya no tiene nada que ofrecer, encuentra nuevamente la misericordia de Dios.

La historia de Sansón nos enseña que el pecado tiene consecuencias. La desobediencia produce dolor. Pero cuando hay arrepentimiento genuino, la gracia sigue siendo mayor.

Quizás hoy te identificas más con el Sansón quebrantado que con el Sansón victorioso. Tal vez hay áreas donde has fallado. Tal vez hay consecuencias que todavía enfrentas. Recuerda esto: mientras haya un corazón que clame a Dios, hay esperanza.

La Cruz sigue siendo suficiente. La gracia sigue siendo abundante. Y Cristo sigue recibiendo al que vuelve a Él.

Oremos:

“Padre de toda bondad, rindo mi vida delante de Ti en total rendición. Hoy tomo el camino de la gracia, que es mayor que mis fracasos, y dejo a un lado mi propia capacidad y humanidad. Reconozco cuánto te necesito. Hoy necesito del agua que salta para vida eterna. En Cristo Jesús, amén.”

Centro Familiar de Adoración

09/06/26

Tiempo Devocional


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